Amar a alguien no es condición sine qua non de fidelidad

Amar a alguien no es condición sine qua non de fidelidad
Amar a alguien no es condición sine qua non de fidelidad

¿De qué se trata la infidelidad?

¿Por qué existe la infidelidad?

Desde que el mundo es mundo la infidelidad es un tema que ha sido abordado y cuestionado, que ha inquietado y llenado de preguntas a todos o casi todo ser enamorado. Tal vez por el temor de sentirse o saberse engañado o, por el contrario, por la curiosidad y/o el deseo de ser infiel.

Para poder hablar de infidelidad sería interesante pensar en primer lugar: ¿de qué se trata la fidelidad?

En torno a este tema, controvertido sin dudas, podemos observar que existen diferentes tipos de miradas y posturas: la social y cultural que construye paradigmas, modelos de pensamiento, ideologías y en consecuencia conductas y maneras de accionar; y la mirada subjetiva y personal, que tal vez en algunos casos se corre de lo convencional y de lo esperable socialmente hablando y responde exclusivamente a deseos individuales.

La fidelidad, probablemente a diferencia de lo que algunas personas piensan, no es algo natural en el ser humano, sino que es justamente el resultado de una elección, de una toma de decisión. Esta elección conlleva un trabajo personal, un esfuerzo, ya que la decisión de ser fiel coloca a la persona frente a la fuerza de sus propios deseos, que no siempre van necesariamente de la mano del amor.

Amor y deseo no son sinónimos

Podemos amar a alguien y desearlo, así como también podemos amar a alguien y desear a su vez a otra persona. Mientras el amor prioriza el vinculo, la relación, la permanencia, la seguridad y la estabilidad, el deseo prioriza el impulso, que claramente una vez que se satisface desaparecerá para luego volver a aparecer, ya sea en la misma persona o en otra.

Contrariamente a lo que algunas personas sostienen, puede haber infidelidad más allá del amor.

¿Qué significa? Que amar a alguien no es condición sine qua non de fidelidad.

En todo caso, es importante poder observar la historia particular de cada sujeto, su manera de vivir, sus elecciones, en definitiva, su individualidad.

El deseo no siempre queda necesariamente “encadenado” o del lado del amor y aunque uno puede estar muy enamorado de otra persona, el deseo puede continuar un recorrido diferente que habilita la aparición de otras personas en la vida de un sujeto.

Claro está, que esta no es la idea de amor romántico y novelesco con el que crecimos y hemos sido formados, donde la concepción de que “si se ama no se engaña” ha echado raíces en la sociedad sosteniendo “ilusoriamente” y hasta me aventuraría a mencionar “infantil”, esta ideología de que el amor así como el deseo es algo natural.

Seguramente, dicha afirmación incomode a más de uno, pero no hay nada natural en el ser humano: los seres humanos somos seres atravesados por la cultura, cultura que nos permite realizar construcciones en las que estamos inmersos, que nos influyen y de alguna manera nos condicionan.

Comportamiento de un infiel

Sin ser partidaria de la generalización ya que cada ser humano tiene algo que lo hace único e irrepetible, podríamos hablar de ciertos patrones que se repiten en algunas personas, con la salvedad, que no toda persona que comete una infidelidad siente lo mismo.

  • Hay personas que lo viven con culpa, motivo que los impulsa “inconscientemente” a ser descubiertos en algún momento por ciertos “descuidos”, como por ejemplo, dejar un mensaje de su amante a la vista de su pareja, como para que pueda leerlo.
  • Otros, viven la infidelidad como algo natural, como un modus operandi y por ende con placer y disfrute.
  • Están aquellos que viven la infidelidad como un comportamiento que les permite acercarse a lo prohibido, la transgresión, lo oculto, aquello que genera adrenalina y vértigo.
  • Algunas personas “utilizan” la infidelidad como una experiencia que les habilita sentir que se puede tener todo, que no hay nada que se tenga que ceder ni que perder, es decir se puede tener una pareja estable y la vez un amante. Este tipo de personas no registran que cuando uno hace una elección al mismo tiempo que algo se elige, a algo se renuncia y justamente la dificultad, en este tipo de personas radicaría en la renuncia.
  • A su vez para determinadas personas la infidelidad implica la seducción y la conquista constante, manteniendo presente todo el tiempo esa etapa de los primeros meses en una relación, en la cual todo es maravilloso, porque justamente todo es ilusorio. Momentos en los que aún no se conoce al otro ni el otro nos conoce a nosotros y sólo vemos y mostramos lo más lindo y aquello que queremos ver en el otro (aunque no se real) así como lo que queremos mostrar de nosotros mismos.

Lo importante en cada situación es poder tener claro cuál es el contrato que esa pareja en cuestión ha establecido. Implícita o explícitamente se establecen contratos en las relaciones que entablamos.

A veces estos contratos, códigos o reglas son sanos y tal vez en ocasiones, no lo sean.

Esto significa que lo fundamental es que en cada pareja ambas partes estén de acuerdo en las reglas o contratos que se establezcan.

Contratos y reglas que no hagan daño a ninguna de las partes y en los cuales ambos tengan voz y voto, es decir, que ninguno de los dos quede anulado en función del deseo del otro.

Hay parejas entonces que han acordado que cada miembro puede manejar su deseo con libertad ya que esto no se entiende o interpreta como una falta de amor al otro, sino por el contrario, como un amor con respeto y libertad.

¿Una cuestión de género?

Generalmente los datos sugieren que los hombres son más infieles que las mujeres, pero las historias que se escuchan en el consultorio permiten comentar que la infidelidad aparece en iguales cantidades tanto en hombres como en mujeres.

La diferencia tal vez radica en la manera en que la sociedad mira y a veces sentencia esta realidad.

Aun estamos empapados de una mirada juzgadora hacia la mujer infiel a diferencia de la mirada más contemplativa ante el hombre infiel. Pero esto no permite que registremos que más allá de las diferencias de género lógicas y existentes, tanto los hombres como las mujeres somos seres deseantes, somos seres que tenemos el derecho y la responsabilidad de elegir cuál es el camino que queremos realizar, camino en el cual lo fundamental es poder lograr ser genuino, ser en definitiva y ante todo, fiel a uno mismo, a lo que uno elige para su vida, para sí mismo, a lo que uno quiere SER.

Ser genuino y honesto ante todo con uno mismo implica un trabajo, un esfuerzo y un recorrido sobre la propia persona en el cual uno pueda aceptar lo que le pasa y decidir qué hacer con eso que le pasa.

Si “somos el resultado de lo que hacemos con lo hicieron de nosotros”, significa que somos seres que tenemos la libertad de elegir, claro está, desde un cierto condicionamiento, o sea desde cosas que no elegimos y nos anteceden, pero nos pertenecen y forman parte de lo que somos. Como por ejemplo, nuestra familia de origen los valores e ideologías con los que hemos sido criados, el contexto cultural en el que nacimos. Esto implica que podamos decidir qué hacer con “aquella mochila que heredamos”, es decir, que tenemos el derecho y la posibilidad de elegir qué hacer con eso: si reelegirlo, repitiendo patrones conductas, pensamientos, etc. o modificarlo y hacer un camino un tanto diferente en nuestras vidas.

El damnificado

La persona que ha sido traicionada pasa por una suma de emociones y sensaciones diversas, desde la sorpresa, enojo, decepción, angustia, desesperación, ira y a veces el deseo de venganza, como si esto último permitiera reparar lo dañado.

Estados similares, en algún punto, a los que se atraviesan en un duelo ya que sentirse engañado implica algo de eso justamente. La pérdida o la “muerte” de una ilusión, de reglas o códigos que se suponía estaban pautados. Aparece una profunda herida al narcicismo en el momento de registrar que uno ya no es todo para ese otro ser amado, y más aún cuando la pareja es vivida como si dos fueran a ser solamente uno, por el hecho de amarse. Esta ilusión se rompe, se quiebra.

Debido a que muchas veces se buscan respuestas en cuanto a la causa de esa infidelidad, resulta difícil comprender que a veces la única causa es la existencia de un deseo que no se satisface nunca (algo inherente al deseo: justamente que nunca se satisfaga) y que no se trata solamente o en todos los casos de falta de amor sino de otra cosa que va más allá del amor.

El amor por sí solo no da garantías de fidelidad. La fidelidad es una elección de alguien que en todo caso decide “trabajar”, batallar o enfrentar sus propias tentaciones en pos de algo o de alguien que considera mejor en este momento para sí mismo.

Juntos al diván

La terapia de pareja es aconsejable solo si ambos están de acuerdo con pasar por el proceso que implica revisar, reflexionar, repensar y tomar nuevas decisiones. La aceptación de lo que se perdió o se quebró y el deseo de volver a construir, entre otras cosas, la confianza.

Iniciar un proceso terapéutico para sostener la queja, el reproche, la “pasada de facturas” constante o la posición culposa de victimario y de víctima solo generan permanecer en un mismo lugar y justamente de esa forma no hay proceso que pueda ser realizado con éxito.

Todo proceso conlleva un trabajo, un recorrido y por supuesto un esfuerzo para poder responsabilizarse del lugar que cada uno ocupa en esa relación y el lugar que cada uno quiere ocupar, a partir de ese momento de quiebre.

Los procesos de terapia de pareja son tan recomendables como los individuales ya que las cosas a trabajar serán no solo de la apareja sino de la individualidad de cada uno. La terapia, tanto de pareja como individual será efectiva si permite sanar, tomar decisiones y hacerse responsable de las mismas. Registrando con honestidad y libertad donde esta uno parado y hacia donde desea dirigirse.

Lo fundamental es elaborar el daño, el dolor que genera este quiebre o pérdida, de algo que no fue como se esperaba que fuera.

Y para eso es imprescindible poder trabajar en uno mismo, más allá del trabajo terapéutico que se realice en pareja. Ya que la persona que fue dañada necesita aprender a aceptar lo que sucedió (no negar la situación) para sanar la herida, no quedarse estancado en el rencor, el enojo, o el deseo de revancha y desde un lugar sano, poder elegir qué desea hacer.

Reconstruir su autoestima que es muchas veces la que queda más resentida (como mencionaba en párrafos anteriores, hay una herida al narcisismo cuando uno se siente traicionado) y un quiebre en la confianza.

Como cualquier pérdida o dolor profundo, se requiere de un tiempo de duelo, de elaboración y de aceptación para poder continuar, claramente desde un lugar diferente, es decir posicionados de otra manera, con otra mirada, con otros recursos y herramientas.

Y por supuesto esto es posible si se asume el trabajo que implica transitar el dolor, para elaborarlo y sanarlo.

Lic. María Noel Lucano

 

** Podés leer la nota original en Rumbos.

 

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1 comentario
  1. Gracias a ti, Pilar!

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